Trump y la nueva tensión sobre América Latina: cuando el poder militar vuelve a tocar las puertas de la soberanía
Una advertencia desde Naciones Unidas vuelve a encender las alarmas en América Latina y abre un nuevo debate sobre los límites del poder de Washington
Por Alfredo Rossel G. | Periodista internacional
NACIONES UNIDAS.— Hay discursos que terminan cuando el orador abandona el estrado. Y hay otros que continúan resonando mucho después, atravesando fronteras, gobiernos y sociedades enteras.
El mensaje pronunciado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas pertenece a esta segunda categoría.
Desde el corazón mismo del sistema multilateral, Trump afirmó que Estados Unidos no permitirá que las amenazas contra su país se afiancen en ningún lugar del hemisferio occidental y advirtió que, si fuera necesario, Washington utilizaría su “poderío militar” para proteger los intereses nacionales estadounidenses.
La frase no es menor.
En una región marcada durante décadas por intervenciones extranjeras, golpes de Estado, conflictos armados y disputas por la soberanía, hablar nuevamente de la posibilidad de utilizar la fuerza militar estadounidense genera inevitablemente preocupación.
Porque América Latina podrá tener diferencias políticas, económicas e ideológicas entre sus gobiernos, pero existe un principio que atraviesa prácticamente todas sus fronteras: cada nación tiene derecho a decidir su propio destino.
La seguridad de una nación no puede convertirse automáticamente en la soberanía de otra
Trump fundamentó su posición principalmente en la lucha contra los carteles de la droga y las organizaciones criminales transnacionales.
El mandatario estadounidense ha endurecido considerablemente su estrategia contra estas organizaciones. Su Administración ha designado a numerosos grupos criminales latinoamericanos como organizaciones terroristas extranjeras y ha autorizado acciones militares contra determinadas estructuras vinculadas al narcotráfico. En su discurso ante la ONU, Trump llegó a comparar a los carteles con el Estado Islámico.
El problema aparece cuando la lucha contra una amenaza internacional comienza a mezclarse con la posibilidad de intervenir militarmente dentro de territorios soberanos.
México enfrenta desde hace años el enorme desafío del crimen organizado. Colombia continúa combatiendo estructuras vinculadas al narcotráfico y grupos armados. Brasil enfrenta organizaciones criminales de enorme capacidad. Perú, Ecuador y otros países de la región también padecen las consecuencias del tráfico internacional de drogas.
Pero esos problemas no convierten automáticamente a América Latina en un territorio disponible para operaciones militares de una potencia extranjera.
La lucha contra el crimen puede requerir inteligencia, cooperación policial, intercambio de información, coordinación judicial, control de fronteras y acuerdos internacionales.
Otra cosa muy distinta es que una potencia decida que puede utilizar unilateralmente su fuerza militar dentro del territorio de otra nación.
Ese es precisamente el punto que vuelve tan sensible el mensaje de Trump.
Brasil responde desde Naciones Unidas
Mientras Trump defendía una política de mayor presencia estadounidense en el hemisferio, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva utilizaba también la tribuna de Naciones Unidas para defender la soberanía nacional y advertir sobre los riesgos de la interferencia extranjera.
Lula sostuvo que la lucha contra el crimen organizado necesita cooperación y no intervención, y rechazó la idea de que Estados Unidos pueda asumir unilateralmente la conducción de la seguridad regional.
Brasil no es un país cualquiera.
Es la mayor economía de América Latina, una potencia regional y uno de los principales actores del denominado Sur Global.
Por ello, cualquier enfrentamiento diplomático entre Brasil y Estados Unidos trasciende la relación bilateral y adquiere dimensiones geopolíticas.
La discusión ya no es únicamente sobre narcotráfico.
Es sobre qué modelo de relaciones internacionales tendrá el continente durante los próximos años.
América Latina no es un tablero vacío
Desde México hasta Argentina, desde Colombia hasta Chile, desde Perú hasta Brasil, los pueblos latinoamericanos han construido sus propias instituciones, sus propias constituciones y sus propios sistemas políticos.
Con todos sus problemas.
Con todas sus contradicciones.
Con democracias que muchas veces han sufrido crisis profundas.
Pero son sociedades que tienen derecho a resolver sus conflictos internamente.
Washington puede ofrecer cooperación.
Puede compartir inteligencia.
Puede perseguir redes financieras internacionales.
Puede negociar tratados.
Puede coordinar operaciones con gobiernos que voluntariamente lo soliciten.
Lo que genera inquietud es que la seguridad estadounidense pueda convertirse en una justificación general para ampliar el margen de acción militar de Washington en el hemisferio.
Y esa inquietud no es exclusiva de un determinado sector político.
Es una preocupación vinculada al principio fundamental de soberanía estatal.
El regreso de una vieja discusión: la influencia de Washington
Las palabras de Trump también han sido relacionadas por analistas con una renovada política estadounidense de predominio sobre el hemisferio occidental, incluso bajo el concepto de “Doctrina Donroe”, expresión utilizada para describir una actualización de la tradicional Doctrina Monroe. Reuters ha señalado que la Administración Trump busca reforzar la influencia estadounidense en la región mediante una combinación de presión diplomática, cooperación de seguridad y poder militar.
La historia latinoamericana conoce bien ese debate.
Durante generaciones, Estados Unidos ha tenido una enorme influencia política, económica y militar sobre América Latina. En distintos momentos de la historia, esa relación ha sido de cooperación; en otros, de fuerte confrontación.
Hoy el escenario internacional es diferente.
China tiene una presencia económica creciente en América Latina.
Rusia mantiene intereses estratégicos.
La Unión Europea busca fortalecer sus vínculos comerciales y políticos.
Brasil pretende consolidarse como actor global.
Y numerosos países latinoamericanos intentan diversificar sus relaciones internacionales para no depender exclusivamente de una sola potencia.
Por eso, una política estadounidense percibida como excesivamente intervencionista puede producir un efecto contrario al buscado: empujar a determinados países a buscar nuevos socios y nuevos espacios de autonomía internacional.
La presión comercial también abre grietas
La tensión no se limita al continente americano.
En los últimos días, Donald Trump también ha amenazado a la Unión Europea con imponer “aranceles muy serios” o incluso interrumpir el comercio si Bruselas avanza hacia una relación más estrecha con Canadá. La advertencia llegó después de que la Unión Europea planteara convertir a Canadá en su primer socio asociado.
Canadá, por su parte, ha planteado una profundización de sus vínculos con Europa en áreas como energía, defensa, minerales estratégicos, tecnología e inteligencia artificial. El Gobierno canadiense ha señalado que esta relación no pretende ser una alianza contra Estados Unidos, sino una forma de diversificar asociaciones internacionales.
Pero la reacción de Trump revela una realidad cada vez más visible:
el mundo está entrando en una etapa de mayor competencia económica, comercial y estratégica.
Washington quiere conservar su influencia.
Europa busca mayor autonomía.
China continúa ampliando su presencia mundial.
Canadá intenta diversificar sus alianzas.
Brasil reclama mayor protagonismo.
Y América Latina observa cómo las grandes potencias vuelven a disputar espacios de influencia.
El peligro de confundir fuerza con liderazgo
Una potencia puede tener el ejército más poderoso.
Puede disponer de una enorme capacidad tecnológica.
Puede imponer sanciones.
Puede negociar desde una posición económica privilegiada.
Pero el liderazgo internacional no depende únicamente de la fuerza.
También depende de la confianza.
Y la confianza internacional se construye mediante acuerdos, respeto, cooperación y previsibilidad.
Cuando las amenazas militares se convierten en una herramienta recurrente de la diplomacia, la comunidad internacional comienza a preguntarse dónde termina la defensa legítima de los intereses nacionales y dónde comienza la imposición sobre los demás.
Ese debate no tiene una respuesta sencilla.
Trump sostiene que Estados Unidos debe actuar con firmeza antes de que las amenazas alcancen su territorio. Sus críticos, en cambio, consideran que una política de fuerza puede profundizar la inestabilidad y erosionar los principios multilaterales que deberían regir las relaciones entre Estados.
Ambas posiciones forman parte del debate internacional actual.
Pero hay un principio que permanece en el centro de la discusión: la seguridad de un país no debería convertirse automáticamente en licencia para desconocer la soberanía de otro.
Una América Latina que observa y escucha
Desde las calles de Ciudad de México hasta las plazas de Lima, Bogotá, Quito, Santiago, Buenos Aires y Brasilia, las palabras pronunciadas en Nueva York no son solamente un asunto diplomático.
Son escuchadas por millones de ciudadanos que conocen el significado histórico de la palabra intervención.
Son observadas por gobiernos que deberán decidir hasta dónde cooperar con Washington.
Y son analizadas por una generación que contempla un mundo cada vez más fragmentado, donde las alianzas tradicionales están cambiando rápidamente.
Trump ha elegido nuevamente hablar desde la fortaleza.
Ha dejado claro que su Administración pretende utilizar el poder estadounidense para defender lo que considera sus intereses estratégicos.
La pregunta que queda suspendida sobre el continente es otra:
¿podrá esa política fortalecer la seguridad regional sin convertir la cooperación en subordinación y la defensa de los intereses estadounidenses en una amenaza para la autonomía de las demás naciones?
La respuesta no la tiene Washington.
Tampoco la tiene ninguna otra potencia.
La respuesta corresponde a los pueblos y gobiernos de cada nación soberana.
Porque América Latina no es el patio trasero de ninguna potencia.
Es una región de más de seiscientos millones de personas, con sus propias historias, culturas, instituciones, recursos y aspiraciones.
Y en este nuevo capítulo de la geopolítica mundial, probablemente una de las mayores batallas no será únicamente por el territorio, los mercados o los recursos naturales.
Será por algo mucho más profundo:
el derecho de cada nación a decidir por sí misma su propio destino.
Alfredo Rossel G.
Periodista internacional
Diario La Democracia



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