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El peso de la manipulación: encuestas y poder en la política peruana

La coyuntura política en el Perú vuelve a poner en debate la credibilidad de las encuestas electorales, herramientas que, en teoría, deberían servir para medir el pulso de la opinión pública. Sin embargo, diversos antecedentes históricos han dejado en evidencia que estos instrumentos también pueden ser utilizados de manera indebida para influir en la percepción ciudadana.

Uno de los episodios más recordados se remonta a la década de los noventa, durante el gobierno del entonces presidente Alberto Fujimori, cuando su asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos operaba desde el poder político y mediático. En diversos testimonios y audios difundidos en procesos judiciales posteriores, Montesinos describió cómo ciertos mecanismos de influencia eran utilizados para moldear la opinión pública, incluyendo la manipulación de información difundida a través de medios y sondeos.

Según estas revelaciones, algunas encuestas podían ser utilizadas como instrumentos de presión o de construcción de una narrativa política determinada. El objetivo era instalar en la ciudadanía la percepción de que determinados candidatos o posturas contaban con mayor respaldo popular del que realmente tenían, generando así un efecto de arrastre en el electorado.

Este tipo de prácticas, denunciadas en su momento como parte de las estrategias del aparato político de la época, contribuyeron a deteriorar la confianza en los sondeos de opinión. Con el paso de los años, esa desconfianza se ha mantenido en sectores de la población que consideran que algunas encuestadoras podrían actuar con intereses políticos o económicos.

En el debate actual, analistas y especialistas advierten que la utilización antiética de encuestas —ya sea mediante resultados manipulados, estudios encargados con fines propagandísticos o mediciones difundidas sin rigor metodológico— no solo afecta la transparencia del proceso político, sino que también desinforma a la ciudadanía. Cuando los sondeos son percibidos como “comprados” o “arreglados”, el daño no se limita a una empresa en particular, sino que impacta en la credibilidad de todo el sistema de medición de la opinión pública.

Paradójicamente, las encuestas pueden cumplir un papel positivo en las democracias modernas. Bien aplicadas, permiten identificar tendencias sociales, conocer las preocupaciones de la población y comprender por qué determinados candidatos o propuestas logran mayor respaldo. Son, en esencia, una herramienta valiosa para interpretar el clima político.

No obstante, la historia reciente del país demuestra que su mal uso puede convertirlas en un instrumento de manipulación. Por ello, especialistas coinciden en que la transparencia metodológica, la supervisión independiente y la ética profesional son elementos indispensables para recuperar la confianza ciudadana.

El recuerdo de los mecanismos revelados en torno a Montesinos sigue siendo, para muchos, una advertencia sobre los riesgos de utilizar la información pública como herramienta de poder. En un contexto político cada vez más polarizado, la credibilidad de las encuestas vuelve a estar en juego, y con ella, la calidad del debate democrático en el Perú.

✉️ Alfredo Rosell G.

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