Perú y la paradoja del gas: riqueza energética sin masificación nacional
A más de dos décadas del descubrimiento de uno de los yacimientos energéticos más importantes de Sudamérica, el Perú sigue enfrentando una contradicción que alimenta el debate público: posee abundantes reservas de gas natural, pero millones de ciudadanos aún no tienen acceso a este recurso en sus hogares.
El hallazgo del proyecto Camisea marcó un hito en la historia energética del país. Este megayacimiento, ubicado en la región de Cusco, fue considerado uno de los descubrimientos más relevantes del continente y abrió la puerta a una nueva etapa de desarrollo energético para el Perú. Sin embargo, las decisiones tomadas en los primeros años del siglo XXI continúan generando cuestionamientos.
En los inicios de la década del 2000, el Estado peruano apostó por impulsar la exportación del gas natural mediante la construcción de una planta de licuefacción en Melchorita, conocida como Planta Perú LNG. Esta instalación permite convertir el gas natural en gas natural licuado (GNL), transportarlo en buques especializados y venderlo en mercados internacionales, principalmente en México y países de Asia.
La inversión para desarrollar esta infraestructura superó los 3.800 millones de dólares, lo que en su momento fue presentado como un proyecto estratégico para posicionar al Perú como exportador energético. No obstante, desde entonces surgieron críticas por parte de especialistas y analistas del sector.
El cuestionamiento central apuntaba a una decisión de fondo: el país priorizó la exportación del gas antes de consolidar su masificación interna. Mientras se construía la planta de licuefacción y se firmaban contratos internacionales, regiones enteras del país carecían de acceso al gas natural domiciliario.
Ciudades como Cusco, Arequipa o Tacna continuaban dependiendo de combustibles más costosos como el GLP. En otras palabras, el gas natural comenzaba a salir del país antes de llegar a millones de peruanos que podían haberse beneficiado de una energía más económica y limpia.
Las empresas involucradas en el proyecto defendieron la estrategia señalando que inversiones de tal magnitud requerían contratos de compra garantizados en el mercado internacional. Sin esas condiciones, afirmaron, habría sido difícil asegurar el financiamiento necesario para desarrollar la infraestructura.
Sin embargo, el debate nunca desapareció. Diversos sectores sostienen que el Estado debió establecer como prioridad la masificación del gas natural, impulsando redes domiciliarias, gasoductos hacia el sur del país y el fortalecimiento de la industria nacional antes de consolidar la exportación.
Hoy, más de veinte años después, el Perú continúa viviendo esta paradoja energética. A pesar de contar con uno de los mayores campos de gas de la región, millones de hogares aún no acceden al servicio. El sur del país sigue esperando la construcción de un gasoducto que permita aprovechar plenamente el recurso, mientras el transporte y muchos hogares dependen todavía del GLP.
Esta situación alimenta una percepción de atraso estructural que afecta la imagen del país. Para muchos analistas, la incapacidad de resolver un problema energético teniendo recursos disponibles refleja las debilidades de planificación y gestión del Estado.
La discusión ya no se limita a si exportar gas fue o no una decisión acertada. El verdadero interrogante que persiste es otro: ¿por qué, después de más de veinte años del descubrimiento de Camisea, el Perú todavía no ha logrado una verdadera masificación del gas natural?
✉️ Alfredo Rosell G.


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